AÑO 1936
Empieza el año trágico de España. El enfrentamiento entre derechas e izquierdas hacía el choque inevitable. Asaltos, huelgas, asesinatos e incendios presagiaban la gran catástrofe.
La influencia de mi padre y la de los Maristas, lógicamente se iban metiendo dentro de mi. Nuestro ídolo era José Antonio y en Lucena, en el Colegio, aprendí a cantar el Cara al Sol que luego enseñé, junto con Vicente, a Epifanio que fue uno de los primeros falangistas de Luque.Yo seguía con mis estudios normalmente, luchando para sacar los dos Sobresalientes y el primer puesto de la clase y tener así a mi padre contento, pues sabía la alegría que con eso le daba.
Las izquierdas, dispuestas a toda costa a conquistar el poder, formaron el tristemente célebre Frente Popular.
El día 16 de Febrero iban a ser las elecciones y el día 9 escribía a mis padres diciéndoles que, con tal motivo, nos habían dado vacaciones en el Instituto, pero que en el Colegio sólo daban de sábado a lunes, diciéndoles a mis padres que no iría a casa porque no mecía la pena para dos días.
Mi padre me contestó que "efectivamente, no merecía la pena que fuera porque, como ganarán las derechas, todo estará tranquilo y pacífico".
Qué equivocación o qué ganas de tranquilizarme.
El 16 de Febrero, día de las elecciones, escribía a mis padres y les decía que se habían ido bastantes niños de vacaciones (seguramente por miedo), les enviaba unas notas estupendas y les añadía:"Ayer estuve oyendo el discurso de Gil Robles" (Nos habían llevado los Maristas a un cine donde, por radio, se difundió el discurso)
Las elecciones fueron, en su primera vuelta, según parece, bastante equilibradas, pero las izquierdas comenzaron los desmanes.Se corrió la voz de que iban a quemar el Colegio y los Maristas, asustados, avisaron a nuestros padres para que fueran a recogernos. Yo recuerdo que me fui a Luque, con otros luqueños, en el camión de Vicente.
Nos detuvimos en Cabra y en un bar oí, desde la puerta, un discurso de Azaña
con el que pretendía tranquilizar a los españoles.
Al pasar por Doña Mencía estaba ardiendo la Iglesia.
Durante mi estancia en Luque se rumoreó que iban a quemar la Iglesia. El
Párroco, Don Ángel (que pasados los años casaría a mi hermano Eloy) se fue a Bujalance huyendo de la quema. Mi padre, que era respetado en el pueblo, habló con "Puchita", un Jefe de los comunistas, pescadero, padre de mi amigo Alfonso, quien le tranquilizó diciendo que él le respondía de que ni se quemaría la Iglesia ni el Convento de las Mercedarias.
Lo cierto es que las Hermanas Mercedarias se salieron del Convento, que era también Hospital, y donde yo aprendí a leer con Sor Teresa. Dos o tres monjas se alojaron en mi casa. Parece que estoy viendo a mi madre guardando en el armario unos cálices que traían.
Confiado en la palabra del Jefe comunista, mi padre, con algún amigo, fue
en el coche a Bujalance de donde logró traer el Párroco.
"Puchita", cuyo nombre era Juan Sánchez, cumplió su palabra y no pasó nada. Desdichadamente "Puchita" fue fusilado en agosto de 1936 por gentes venidas de Baena en la misma plaza de Luque, frente a la Iglesia, junto con otros seis desgraciados, que no tenían otra culpa que ser significados izquierdistas. Los de Baena venían furiosos por las salvajadas que los rojos habían cometido en aquel pueblo.
Parece que el Comandante del Puesto de la Guardia Civil de Luque, que se llamaba Sánchez, y cuya cara recuerdo perfectamente, logró salvar a otros infelices luqueños que se hallaban presos en el Cuartel y que los baeneros querían fusilar también.
No debían andar la cosa muy tranquila porque, posiblemente fuera el 23 de febrero, aún permanecía yo en Luque. Ese día se celebraba una segunda vuelta de las elecciones y estuvo a punto de ocurrir una tragedia en casa. Mi padre se había ausentado a Albendín a levantar algún acta electoral y mi madre se quedó sola con los cinco niños. Hacía
mucho frío, encendió el brasero de picón y nos dejó en el comedor, mientras ella hacía las faenas de la casa.
Fue a darnos una vuelta y nos encontró a dos de nosotros caídos en el suelo, intoxicados con el monóxido de carbono que desprendía el brasero. Enseguida abrió la ventana, comenzó a pedir auxilio y conseguimos salir con vida pues todos estábamos intoxicados. De haber tardado un poco, sabe Dios lo que hubiera pasado.
Frente a casa había un colegio electoral. En cierto momento se armó un alboroto, motivado porque un obrero había roto una urna.
Pare remate del día, mi padre tardaba en llegar. El motivo de la tardanza fue que, a la salida de Albendín le habían tiroteado el coche y pudieron escapar de verdadero milagro. Fue un día para no olvidar.
No recuerdo en qué fecha regresé al Colegio, pero me extraña que en una carta del ocho de marzo, dijera a mis padres que había llegado bien a Lucena. Supongo que hasta entonces se prolongaron las vacaciones por las elecciones.
Tanto en esta carta como en la siguiente del día quince, les daba la buena noticia de mis dos Sobresalientes y el primer puesto.
También les decía, para gozo de mi madre, que había terminado los Siete
Domingos a San José.
En mi carta, posiblemente del 22 de abril, felicitaba a mi madre que llevaba el mismo nombre que la Patrona de Lucena y del Colegio, enviaba mi estupenda nota y, aprovechando tal circunstancia, pedí permiso a mi padre -que lógicamente me concedió- para ir de excursión con el Colegio a Granda. El precio era de ¡quince pesetas!.
La excursión tuvo lugar el día diez de mayo, fecha de mi cumpleaños. Fuimos en dos autobuses. En las proximidades de Granada hicimos un alto. Desde allí pudimos contemplar una espesa humareda que flotaba sobre la ciudad. Aquella noche los rojos (comunistas, socialistas y demás ralea) habían incendiado algunas iglesias. Me imagino la tristeza, y tal vez el miedo, que invadiría a los Maristas que nos acompañaban.
Quiero recordar que desayunamos en el Colegio de los Maristas de Granada, donde permanecimos poco tiempo porque el patio estaba invadido por el humo del incendio de una iglesia próxima.
Visitamos la Catedral y Capilla de los Reyes Católicos y regresamos de nuevo al Colegio para comer. Vimos el fina de la etapa de la vuelta ciclista a España que ganó Gustavo Deloor, creo que era belga.
Por la tarde visitamos la Alambra y el Generalife y subimos a la Torre de la Vela. Todos estos detalles constan en la carta que escribí a mis padres el once de mayo donde les digo que "salimos de Granada a las seis y media y llegamos al Colegio a las doce menos veinte minutos".
Mucho tiempo me parece.
Por aquellos días la situación de España era de verdadera catástrofe. El caos reinaba por todas partes: asesinatos, incendios, huelgas, odios, hambre y todas las calamidades imaginables.
Sin embargo, a mis cortos años, apenas me enteraba ni me
afectaban tan graves sucesos. Sí recuerdo que cuando, en las vacaciones iba
con mi padre al Casino, le oía comentar con sus amigos las noticias que su
periódico, "El Debate", traía sobre los sucesos de España.
Cuando ahora, a mis 73 años, leo la historia de aquellos meses, bien claro estaba que nos acercábamos a la gran tragedia.
Terminé el segundo curso de Bachillerato el 26 de mayo, -bien se ven las prisas de los Catedráticos del Instituto para acabar cuanto antes-. Saqué, como el curso anterior la calificación de Notable. Bien ajeno estaba yo que iba a estar tres años sin estudiar.
Me fui de vacaciones a casa donde estuvimos hasta finales de junio.
Mi padre había pedido permiso al Colegio Notarial y se lo concedieron el 24 de junio por un mes. Conservo el oficio en que se le notificó.
El propósito era irnos todos a Dos Torres y estar un mes en el cortijo de mi tío en La Jara (entre Pozoblanco y Villanueva de Córdoba y a medio kilómetro del Santuario de la Virgen de Luna).
Creo que llegamos a La Jara el tres de julio, para desdicha nuestra, pues de haber retrasado la llegada quince días, nos hubiéramos evitado los horrores de la zona roja y, tal vez, la muerte de mi padre.
En el cortijo vivíamos casi aislados del mundo. Algún día mi tío nos enviaría, desde Dos Torres, periódicos y comida, que en realidad no necesitábamos, pues mi tía Eloisa amasaba y mi padre había hecho buen acopio de comestibles, al pasar por Pozoblanco, en los almacenes que se llamaban "El Siglo XX".
El cortijo estaba situado en un cruce de caminos, por el que era frecuente el paso de carros, trabajadores y ganados. Sin embargo, a partir de mediados de julio, observamos que había cesado, casi totalmente, el tránsito por aquellos caminos.
Debió ser el día 15 ó 16 cuando llegó Venancio, un vendedor ambulante de vino que, subido en un caballo, llevaba en pellejos por aquellos cortijos. El fue quien nos dijo que habían matado a Calvo Sotelo y que "la cosa estaba muy mal".
No sé si mi padre indagaría por algún cortijo cercano cómo estaba la situación. Si sé que teníamos noticias de que grupos comunistas de Pozoblanco y Villanueva de Córdoba andaban registrando y "requisando" por aquellos contornos.
A los pocos días alguien llegó alarmado diciendo que en un cortijo de los alrededores habían asesinado al "señorito".
Esa misma persona nos puso al corriente de la situación de los pueblos próximos. Por él supimos que Dos Torres y Pozoblanco estaban "por los ricos" y que Villanueva era de los rojos donde habían matado a los Curas y a los Guardias Civiles. También nos dijo que mataban a todo el que no llevara un lazo rojo. Mi tía Eloísa cogió rápidamente una cortina roja, la hizo tiras y desde mi padre a Amparito, pasando por el Guarda, que ya no era Roque, el asesino, todos nos convertimos en leales a la República.
Seguíamos, como es natural, sin noticias de mis tíos de Dos Torres ya que se encontraban en zona sublevada y también sin apenas noticias de nadie y de nada.
Una tarde oímos tiros hacia la parte del Santuario. Era que los rojos habían fusilado a la Virgen.
Bajamos una tarde por agua al pozo de la Venta y, estando allí, el guarda advirtió que, a unos trescientos o cuatrocientos metros, venían en fila india, por una vereda un grupo de unos quince hombres con escopetas. Temiendo lo peor (¡Cuánto miedo debió de pasar mi padre!) ya que los escopeteros habían de pasar junto al pozo, con aparente tranquilidad regresamos rápidamente al cortijo. Temíamos que se llegaran a la casa pero se desviaron y tomaron el camino del Santuario.
Al anochecer de ese mismo día, mi padre y el guarda, que habían escondido la escopeta de mi tío apresuradamente en el hueco de una encina, la sacaron y enterraron lejos del caserío.
Una mañana de aquellas vimos venir hacia la casa un grupo de ocho o diez escopeteros. Mi padre y el guarda salieron a la puerta.
Cuando se encontraban a 25 ó 30 metros se echaron las escopetas a la cara y
obligaron a mi padre y al guarda a que levantaran los brazos. Yo presencié
la escena junto a ellos con el consiguiente susto.
Entraron en el cortijo y dijeron que se les preparara el almuerzo. Se les antojó comerse unos gallos y unas palomas que mataron a tiros, con el consiguiente susto de mis hermanos pequeños que lloraban llenos de pavor.
Registraron la casa buscando escopetas y dinero. Abrieron un arca donde mi tía Eloísa guardaba muchos ejemplares de una revista religiosa que se llamaba "El pan de San Antonio". Esto suscitó las iras de los saqueadores que dijeron ¡vaya gentuza esta!.
Sin duda insultarían a mi padre y a mi tía, sobre todo cuando supieron que mi tío Antonio estaba en Dos Torres.
Preguntaron a mi padre quién era y seguramente les enseñaría la cédula personal que era el documento de identidad de aquellos tiempos. Cuando supieron que era Notario debieron aumentar las sospechas de que mi padre era un fascista.
Mi tía, en su sordera y en su despiste, para confirmar que mi padre era Notario y buena persona, no tuvo sino la infeliz idea de sacar un sobre recibido días antes, donde en la dirección aparecía mi padre como Notario. Por si no bastaba eso y remachar que éramos buenas personas, sacó del sobre una foto de la Primera Comunión de mi hermana Lucía. Uno de los milicianos, como si hubiera visto al mismísimo demonio, le dijo: señora, guarde Vd. eso.
Después de comer, colocaron un cartel en la puerta escribiendo: "Este cortijo ha sido requisado por el Frente Popular de Villanueva de Córdoba".
Al marcharse advirtieron a mi padre que al día siguiente se presentara con el guarda en el puesto de mando que tenían los rojos en La Morra, a unos dos kilómetros de nuestro cortijo y donde estaban concentrados los milicianos que pretendían asaltar Pozoblanco.
Es de imaginar la impaciencia e inquietud con que madre esperaría el regreso de mi padre, pues recuerdo la alegría con que se abrazaron. Mi padre debió de presenciar en el "Cuartel General" cosas espantosas. Sólo recuerdo haberle oído decir que había visto a un sacerdote, al parecer de Villanueva de Córdoba, que estaba cavando una fosa.
Ante la imposibilidad de ir a Dos Torres, tuvimos que permanecer en Las Jara, supongo que en muy precarias condiciones, tanto de comida como de ánimo, temiendo la llegada de una de aquellas bandas de requisadores y asesinos.
Una de aquellas tardes, sería sobre el quince de Agosto, un avión republicano dejó caer una bomba sobre Pozoblanco. Lo vimos perfectamente desde el cortijo. Era el primer bombardeo que veíamos.
Hacia el día veinte ocuparon los rojos Pozoblanco. Dos Torres quedaba aislado en zona roja y sin posible defensa. El día cinco de Agosto ya habían intentado los rojos asaltar el pueblo, pero fracasaron, dejando en sus calles cuatro muertos, uno de ellos un minero, cabecilla comunista de Linares.
Aún se veía años después, en el quicio de una puerta, el impacto de la bala que lo mató. Posiblemente aún se vea.
El día 25 de agosto fue el asalto definitivo de los rojos a Dos Torres. Los milicianos del contorno, ayudados por un grupo de mineros de Linares y por tropas de Carabineros que mandaba el Capitán Castell, consiguieron ocupar el pueblo, a pesar de la resistencia que debieron hacer los "fascistas" y que no pudo ser mucha a la vista de la gran cantidad de fuerzas enemigas.
Parte de los defensores se rindieron bajo la palabra de honor del capitán Castell de respetarles la vida. Entre ellos se encontraba mi tío Antonio.
Otro grupo de quince o veinte personas huyeron del pueblo con el propósito de llegar a Córdoba. Hicieron noche en un cortijo de la sierra y fueron delatados por el guarda, presentándose gran cantidad de milicianos al amanecer del día siguiente que rodearon el cortijo, los apresaron y los fusilaron en el Cementerio de Pozoblanco.
Igual triste suerte corrieron otros treinta o cuarenta vecinos de Dos Torres que aquella misma tarde fueron asesinados a mansalva, algunos de ellos en las puertas de sus propias casas y en presencia de sus familiares, entre ellos el Tío Fermín (hermano de mi tía Carmela).
El mismo final tuvo un primo hermano de mi padre, Antonio Jurado, de avanzada edad, fervoroso católico y que seguramente no había cogido una escopeta en su vida. No se perdía una Adoración Nocturna.
Vivía entonces en Dos Torres mi tía Ascensión, hermana de mi padre y de mi tía Eloísa, que tendría unos 65 ó 70 años. Entraron a saquear su casa un grupo de milicianos y mujerzuelas, que previamente habían destrozado a tiros una imagen que tenía en una hornacina de la fachada.
Vieron en la sala una preciosa imagen del Corazón de Jesús, de tamaño casi natural, que destrozaron a golpes y a tiros, en presencia de mi tía Ascensión. Tal impresión le causó a mi tía ver aquella sacrílega acción que, de forma instantánea, le dio un ataque y perdió la razón y el habla. Quiso lanzarse contra aquellos energúmenos que, tras rapiñar cuanto pudieron, se fueron dejándola en tan lamentable estado.
Con la razón perdida y sin poder hablar, aunque pacífica y con el Rosario siempre entre las manos, permaneció toda la guerra. Lo mismo reía a carcajadas que lloraba amargamente. Poco a poco se fue recuperando y al final de sus días hablaba bastante bien y recuperó la memoria. Debió morir el año 1941 ó 1942. Fue la primera y única vez que he visto expirar a una persona.
Ocupado el pueblo por los rojos, nos fuimos desde el cortijo de La Jara a Dos Torres, tal vez porque pensara mi padre que estaríamos más seguros que en el campo.
Hicimos el viaje en un carro que se detuvo en la puerta del Ayuntamiento de Pozoblanco, donde entró mi padre a entregar la llave del cortijo.
Llegamos a Dos Torres y allí nos enteraron de la odisea que habían pasado. Mis padres debieron quedar acongojados al enterarse de la gran cantidad de personas asesinadas y del estado en que se encontraba mi tía Ascensión.
Si mi padre creyó que en el pueblo estaría más seguro, se equivocó totalmente, pues los asesinatos seguían y tenía serios motivos para temer por su vida, sabiendo todo el pueblo que era de familia de derechas."
recibido 10-03-07
"Cuando los nacionales entraron en el pueblo (yo tenía entonces trece años) un grupo de muchachos nos reunimos en la plaza y acordamos ¡ir a por el Preso! Mi hermano Antonio, asustado, me tiraba del brazo para que no fuera.
Hubiéramos llegado tarde, de todos modos porque a aquella hora el Preso ya se había quitado la vida en un chozo de las afueras del pueblo.
Muy de pasada quiero mencionar aquí a Manuel Rebolo, otro significado asesino, presidente del Comité, a quien siempre recuerdo con un pañuelo rojo al cuello y un pistolón al cinto.
Fue él a quien mandó a mi padre que desalojáramos inmediatamente la "Casa Chica" que entonces habitábamos, para meter a su querida.
En su momento hablaré de otro personaje siniestro, llamado Manuel Luengo. El que más he odiado en mi vida. Bueno, menos que a Carrillo, el asesino de Paracuellos.
Un día en que me encontraba en el "Consejo de Administración de fincas incautadas a los facciosos" (pomposo nombre) llegó un tal Castroviejo, joven anarquista, que volvía del Frente de Porcuna, y contó una derrota que habían sufrido los rojos en Porcuna, empujados por los fascistas, en el afán de estos de liberar el Santuario de la Virgen de la Cabeza. Era la primera vez que yo oía este nombre. ¡Quién me iba a decir que allí estaba sitiada y pasando mil calamidades una niña de diez años que, con el tiempo, iba a ser el amor de mi vida!
En marzo de 1937 los nacionales inician un avance sobre Pozoblanco, ocupan Alcaraceños y se sitúan a cuatro kilómetros de Dos Torres. Es plena Semana Santa.
Una madrugada se oyen perfectamente las explosiones de las bombas de mano y el tableteo de las ametralladoras. Hay gran bullicio en la calle. Nos levantamos y, cuando esperábamos ilusionados, ser liberados a las pocas horas, los milicianos vienen dando órdenes de evacuar el pueblo.
Una miliciana pone un machete en el pecho de mi padre para que nos vayamos enseguida, llamándole fascista.
No sabemos dónde ir porque, en medio del tiroteo, con mi padre enfermo y cinco niños chicos es una locura salir, pero los milicianos acucian.
Mi padre dice a mi madre que debemos escondernos y esperar a que lleguen los nacionales. Pero ¿dónde? Ya alborea y el estruendo de la batalla es cada más intenso. Vuelven las milicianas, diciendo que huyamos pronto y con lo puesto y no hay más remedio que salir del pueblo.
Salimos a la buena de Dios, con alguna ropa y manta que hemos podido coger y el destino es la casilla abandonada de una huerta, propiedad de una de mis tías, donde también deciden alojarse otros familiares. La casilla está a unos dos kilómetros del pueblo.
Cuando vamos huyendo con lo indispensable nos sobrevuela un avión. Cunde el pánico y algunas personas se tiran al suelo a la orilla del camino. El tiroteo continúa y llegamos a la huerta. Creemos que antes de mediodía estaremos con las tropas de Franco.
Como tardan, decidimos arreglar un poco la casilla, tapando en primer lugar los agujeros de las ratas. Parece imposible que en un espacio de unos cuarenta metros cuadrados quepamos veinticinco o treinta personas. Pero así nos acondicionamos, la mitad durmiendo sobre unas retamas pues no hay colchones para todos.
Cesa la batalla y nos llenamos de pesimismo. Nos llevamos la desilusión de que los nacionales, detenidos ante Pozoblanco por la resistencia de las baterías de Pérez Salas, han regresado a sus posiciones del Puerto Calatraveño y la Chamorra.
En esa situación calamitosa estuvimos en la casilla más de un mes. Durante nuestra estancia en la huerta llegaron tropas de las Brigadas Internacionales. Recuerdo que un checo, que hablaba muy bien el español, regaló a mi padre una correa que hasta hace poco tiempo ha estado rodando por casa. El brigadista hablaba a mi padre de las excelencias del comunismo (¡A buen sitio fue a dar!) Debía ser un Comisario político.
Con nosotros vivía en la casilla de la huerta mi tía Josefa con sus hijos. Ante la insistencia de otro brigadista, le vendió una pava ¡por 25 pesetas! lo que llenó de contento a mi tía porque aquel precio era entonces exorbitante. (Unos meses después hubiera ella dado el triple por tener la pava).
Escaseaba la comida y no sé cómo podíamos vivir. El primer día de estancia en la huerta comimos un trocito de pan con rábanos. Como alguno de nosotros se quejara recuerdo que mi padre dijo que ojalá no nos faltara aquello.
Estaba prohibido volver al pueblo sin permiso del Comité.
Conservo la autorización que le dieron a mi padre para que pudiéramos ir a nuestra casa y recoger alguna ropa. Dice así: "Se autoriza a José Jurado León para que pueda entrar en su casa, sita en la calle Tejar nº 2. Dos
Torres 2 de abril de 1937.- Juan J. López".
Se rumoreó que en Torrecampo y en El Guijo había pan. Fui con mi madre y otras familias a este último pueblo, distante unos ocho kilómetros, con el fin de conseguir algún pan. En El Guijo estaban refugiados mi tío Nemesio, su mujer, Margarita, y alguno de sus hijos que igualmente se habían visto obligados a huir de Alcaraceños, donde vivían, ante el avance de los nacionales.
Había una cola inmensa para comprar pan y estuvimos puestos en ella unas horas. No recuerdo si conseguimos pan.Regresamos a la huerta y, cuando ya estábamos próximos a ella, vimos aparecer tres trimotores pintados de negro que bombardearon Dos Torres. Nos llenamos de pánico, pensando en la suerte que habrían podido
correr mi padre y mis hermanos. Al acercarnos más a la huerta, los vimos escondidos bajo una encina y llenos de miedo.
Instantes después vimos pasar a un hombre que galopaba a caballo y que iba gritando. Llevaba una mano colgando pues le había cogido el bombardeo en el pueblo y corría en busca de Don Federico, un médico que también estaba refugiado en una huerta próxima.
Pasado algo más de un mes desde la huida, dieron autorización para volver al pueblo y regresamos a nuestra casa de la calle Tejar. Por poco tiempo, porque, dos o tres meses después, recibió mi padre la orden terminante del Comité de que al día siguiente debía quedar la casa libre porque se iba a alojar en ella tropa.
A pesar del saqueo y rapiña a que fue sometida la casa el día que entraron los rojos en el pueblo, todavía se conservaban en ella muebles, cuadros, camas y demás enseres que mis tías habían ido acumulando de dos o tres generaciones de sus antepasados.
Tenían un enorme armario empotrado, que llamaban chinero, donde guardaban infinidad de cacharros de loza y china, a cual más raro, vistoso y valioso. También había una estantería que albergaba la biblioteca del "tío Ramón", un sacerdote que creo era hermano del abuelo de mi padre.
Aquella misma tarde escondimos lo más valioso en un cielo raso de la Cámara. No sirvió de nada porque los milicianos, al fin, descubrieron el escondite y robaron o rompieron todo lo escondido.
Los libros del "tío Ramón" sirvieron de combustible para hacer el rancho de la tropa. Lo mismo que las puertas de las habitaciones.
Antes de abandonar la casa, alguien advirtió que en el fondo del pozo había algunos objetos, que, sin duda alguna, los rojos habían arrojado allí, cuando asaltaron la casa por vez primera.
Echamos las rastras y conseguimos sacar varios rosarios y un Crucifijo, al que habían machacado y estaba sin cruz. Ese Crucifijo lo llevó mi madre al cuello y le acompañó en su sepultura."
recibido 12 de mazro 07
"Desahuciados de nuevo, nos acogieron mi prima Bibiana y su marido Marcos. En su casa, en dos habitaciones que nos cedieron, vivíamos toda la familia y también una muchacha de mi edad, que era la sirvienta que habíamos traído de Luque y que estuvo la pobre separada de su familia toda la guerra.
Paulina, que este era su nombre, se especializó en hacer alpargatas con las suelas viejas de goma. Era como de nuestra propia familia. Hoy está de Hermana Mercedaria en la Argentina.
En el verano de 1937 alojaron a unos milicianos en casa de mi tía Carmela. Debían de ser gente importante porque no iban nunca al frente y tenían un aparato de radio. Por aquellos días los nacionales estaban ocupando la zona norte de España y habían ocupado Bilbao.
Yo, inconscientemente, iba a casa de mi tía a la hora del parte y anotaba los nombres de los pueblos que iban ocupando los nacionales, se los llevaba a mi padre y, en un pequeño atlas que teníamos, íbamos siguiendo el avance de las tropas de Franco. Un día me día cuenta de que me observaban, sospechando de mis anotaciones, me dio miedo y dejé de ir por allí.
De vez en cuando seguíamos las noticias de la guerra por el periódico "Política" que, pocas veces, me quería vender el cartero.
Muchas tardes salía con mi padre y mi hermano Antonio de paseo y frecuentemente íbamos a la ermita de San Sebastián, situada en una pequeña elevación a las afueras del pueblo. Teníamos que caminar muy despacio pues mi padre se cansaba por el asma que padecía.
Muchas veces mi padre se quedaba ensimismado mirando al Puerto Calatraveño. No decía nada pero yo adivinaba su pensamiento: allí estaban los nacionales, allí la libertad y la vida y un poco más allá Luque y nuestra casa.
La salud de mi padre iba empeorando por días. El miedo que pasó, tanto en La Jara como a nuestra llegada al pueblo, con tanto asesinato y viendo las privaciones que pasábamos, la persecución de que era objeto y muchas cosas más que nos ocultaría, le afectaron profundamente.
Había días en que guardaba un mutismo casi total. Su mente iba degenerando poco a poco. Un día que salimos los dos al campo me dijo, mirando al Puerto Calatraveño, que se iba con los nacionales. Me eché a llorar y me abracé a él. Se sentó junto a mí y me besó. El también lloraba.
En diciembre de 1937 se agravó. Se le hinchaban las piernas y asomó una dolencia de corazón. No había médico en el pueblo y supongo que mi madre le aplicaría alguno de los miles de remedios caseros que le aconsejaban las vecinas.
En la proximidad de las navidades o primeros de enero de 1938 los rojos se apoderaron de Teruel. Mi padre ya no se levantaba. La caída de Teruel, noticia que sin duda le daría yo, supuso un mazazo para su ánimo, pues frecuentemente me preguntaba por Teruel.
Había momentos en que perdía la cabeza y decía incoherencias. Su obsesión permanente era Luque. Repetía con frecuencia:
Vámonos a casa. El día 23 de enero murió mi tía Eloisa, que vivía en casa de mi tío Antonio, con mi tía Carmela.
Mi padre no llegó a saberlo pues ni se lo dijimos ni pudo entendernos pues continuaba con su eterna cantinela: Vámonos a casa, vámonos a Luque. Recuerdo que me arrodillaba junto a su cabecera y le decía para animarlo, que los soldados de Franco habían entrado en Teruel. Me miraba fijamente, decía alguna incoherencia y su única respuesta era: vámonos.
El día 31 fui con un pariente nuestro a un arroyo a coger sanguijuelas para, como remedio casero, hacerle una sangría en los brazos. El remedio no dio resultado.
El día uno de febrero de 1939 -día tristísimo en mi vida- el Consejo había decidido que yo me fuera a trabajar a la panadería para ayudar a vender pan. Me levanté muy temprano y al poco tiempo de estar en la panadería, llegó mi tía Carmela y me dijo que me volviera a casa porque mi padre se había puesto muy grave.
Cuando llegué, el llanto de mi madre fue suficiente para saber que mi padre había fallecido. Aquello nos hundió a todos.
Del año 1938 lo más destacable era el hambre que pasábamos. Mi hermano Antonio y yo salíamos al campo a coger collejas, cardillos, romanzas y bellotas.
Por la mañana nos hacía mi madre una sopa de harina bien clarita y por la noche un sopicaldo con arroz o lentejas y las hierbas que habíamos podido recoger.
El día que había pan yo procuraba sustraer un par de bollos que me metía en los bolsillos y me llevaba a casa.
La encargada de la panadería era una mujer vestida de riguroso luto pues los nacionales, no sé si en Belmez, de donde era, le habían fusilado a su marido y a un hermano o habían muerto en el frente. Era una comunista furibunda y hablaba pestes de los "fascistas". Un día que, con poco disimulo, cogí los dos bollos, se dio cuente y me reprendió. Nos quedamos sin el pan supletorio.
Como el bronce, en la zona roja escaseaba, y había que fabricar cañones, para matar a los fascistas, decidieron aprovechar las campanas de la zona republicana, que, en realidad para ellos ya no los servían después de haber matado a los Curas y destruido las Iglesias.
Desde la Plaza vi tirar las de la torre de la Parroquia, alguna muy hermosa, que caían con estrépito, atravesando el tejado de la sacristía y haciéndose añicos en el suelo.
Ni que decir tiene que la Iglesia había sido destrozada desde el primer día. Al principio sirvió como salón de actos para las "asambleas" del Comité y, posteriormente, se convirtió en cochera y taller mecánico. El púlpito se lo llevó Manuel Luengo (el que quería fusilar a mi padre por lo de Málaga) para que sirviera de brocal al pozo de su casa. El hermosísimo retablo fue quemado y consumido en la cocina comunal, que sirvió para dar de comer al "pueblo". Sólo se salvó un pequeño trozo de retablo, en la cúpula, que aún se conserva. De milagro no les dio por dinamitar el
templo que es una verdadera maravilla arquitectónica.
Como no había moneda fraccionaria, la adquisición de pan era un problema que resolvió Aurora, emitiendo por su cuenta "papel-moneda".
Puesto que ella no sabía escribir me encargó que en trocitos de cartón que ella recortaba, pusiera yo: "Vale por 25, 10 ó 5 ptas.", sin mas firma ni sello. De este modo yo me convertí en la fábrica de moneda de Dos Torres, pues aquellos vales eran admitidos en todo el pueblo, ya que al día siguiente servían para comprar el pan."

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