Mi padre se llamaba José Jurado Saldaña (usaba Pepe López como
pseudónimo para Internet), nació en Villafeliche (Zaragoza) el día 10 de mayo de 1924. Con muy poca edad, -no sabría precisarte- marchó a Córdoba con sus padres. Allí nacieron sus cuatro hermanos -Antonio, Lucía, Eloy y Amparo- y su infancia la pasó en un pequeño pueblecito de dicha provincia que se llama Luque. Esa localidad siempre la llevaba en el corazón. A sus nietos, le contaba sus andazas como chaval, les hablaba de la "Cueva de la Encantada" y sobre todo de su castillo. El castillo de Luque que, en tono irónico como era habitual en él, quería que fuera su tumba. Mi madre se "mosqueaba" cuando hablaba de ello, por lo que al final todo eran risas.
Pintó innumerables cuadros de "su" castillo. Cuadros que creo tenemos la mayoría de su familia. La dichosa guerra civil, la pasó en otro pequeño pueblecito de Córdoba que se llama Dos Torres (está situado en el Valle de Los Pedroches), allí y con la edad de 13 años falleció su padre, el día 1 de febrero de 1938.
A continuación te transcribo el relato que él escribió y que
se titula "Recuerdos de mi infancia":
Año 1934
"Tenía que empezar mis estudios de Bachillerato y mis padres decidieron que debía hacerlo en el Colegio de los Hermanos Maristas de Lucena que se llamaba originariamente Colegio de Nuestra Señora de Araceli, pero como consecuencia de las nefastas y persecutorias leyes de la República, concretamente de Azaña, a quien llamaban el Verrugas, se titulaba, por entonces, "Cultural Lucentina".
Los Hermanos Maristas habían dejado de vestir sotana y lo hacían de riguroso traje negro, puesto que la maldita República había prohibido la enseñanza religiosa.
Pues bien, llegado el día tres de octubre y creyendo mis padres que la separación de ellos iba a ser menos cruenta, acordaron enviarme al Colegio con mi tío Antonio y su mujer, la tía Carmela.
Llegados a Lucena, probablemente en el taxi de Rufo, recuerdo que estuvimos dando un paseo por el pueblo y, al atardecer, me llevaron al Colegio, donde ya había otros cuantos alumnos que habían, al parecer, llegado aquella misma tarde.
La despedida de mis tíos y primos fue como habían previsto -y querido evitar- mis padres. Cogí una llantera y un sofoco muy propios de mis diez años y de quien no se habían separado nunca de sus padres.
Don Adolfo (el Hermano Marista que tenía la misión de cuidar y vigilar a los pequeños y a quien llamábamos el Procurador) trataba en vano de consolarme. El recuerdo de mis padres y la idea de que hasta las Navidades no iba a volverlos a ver no se separaban de mi mente y me hacían caer las lágrimas a torrentes y los suspiros a borbotones.Nos llevó Don Adolfo a un aula para rezar el Rosario. Yo no contestaba sino con lágrimas y suspiros que, en lugar de enternecer al Procurador lo iban sulfurando a ojos vista y de modo creciente.
Me lanzaba unas miradas que me llenaban de pavor. El Santo Rosario ya no se parecía nada a un acto de devoción. Don Adolfo daba pequeños golpecitos con los nudillos en la mesa, al mismo tiempo que con sus miradas me fulminaba.
De pronto se me escapó un gemido que me salió de lo hondo de los pulmones y Don Adolfo ya no se pudo contener. Dio un puñetazo en la mesa, pronunció unas palabras atronadoras que no entendía y el Rosario acabó como era de esperar: sin letanías.
Estuvimos en el patio una hora aproximadamente y debía tranquilizarme algo porque recuerdo que hablé con alguno de quienes serían mis compañeros de curso. Por cierto que no me explicaba cómo tendrían el corazón tan duro y no habían derramado ni una sola lágrima acordándose de sus padres.
De improviso sonaron unas palmadas. Era Don Adolfo que mandó colocarnos en fila para entrar al comedor. No recuerdo qué cenaríamos, pero con toda seguridad que no faltó aquella noche la sopa de ajo que, invariablemente era el primer plato de la cena durante los dos años que estuve en el Colegio.
Presidían la cena, en una mesa colocada sobre una tarima, el Procurador y otro Profesor cuyo nombre no recuerdo. Tras la cena estuvimos una media hora en el patio. Nuevas palmadas del Procurador y, en fila, al dormitorio.
Yo estuve durante los dos cursos en un dormitorio de doce camas. En un rincón y separado por unas cortinas, un habitáculo donde estaba la cama de D. Adolfo."
"Ni que decir tiene que apenas dormí aquella noche. Como el recuerdo de mis padres y hermanos no me dejaba, las lágrimas y suspiros continuaban sin cesar. Para que Don Adolfo no me oyera me tapé la cabeza y entre suspiro y suspiro me pasé la mayor parte de la noche.
Debí quedar completamente rendido y el sueño me venció. Por poco tiempo porque oí las palmadas de Don Adolfo que venía por el pasillo rezando en voz alta el Avemaría. Serían las siete de la mañana. Fuimos a los lavabos. (Aún recuerdo los lavabos cada vez que huelo el jabón Heno de Pravia).
No hubo estudio aquel día, como es lógico y oímos Misa en la Capilla del Colegio. Tras el desayuno y un pequeño recreo, los alumnos de primer curso, aproximadamente quince, nos fuimos a nuestra clase. Don Martín, de muy pequeña estatura, era nuestro Profesor. Le llamaban de mote "Pipote".
Sereno ya un poco mi ánimo, y siguiendo las instrucciones que me había dado mi padre, atendía con todo esmero las explicaciones de Don Martín. Recuerdo que la primera lección fue de Ciencias Naturales. Trataba de Botánica y aprendí perfectamente la clasificación de las hojas de las plantas. En las demás asignaturas también procuraba atender con todo cuidado. Aquello me gustaba.
Cuando, en aquellos días, Don Martín me preguntaba la lección, debía responderle bien porque Paulino mi amigo y vecino de Luque y compañero de clase, me decía: ¡te ha puesto un cinco! Yo no sabía qué significaba ese cinco, pero esos cinco repetidos, al final de la semana habían de significar un Sobresaliente que hacía las delicias de mis padres cuando les mandaba las notas.
La primera carta que escribí a mis padres debió de serles
muy agradable porque en la contestación -que conservo- del doce de Octubre, me decían: "Nos alegramos de lo bien que dices estás, de lo bien que comes, de lo bien que duermes y de lo mucho que te dispones a estudiar. Total, que en ese Colegio todo es bueno. Dios quiera que así sea y que la última carta, que desde él nos escribas, venga escrita en el mismo sentido que la primera".
No sabían mis padres que la procesión seguía por dentro, aunque más mitigadas. De todos modos se acabaron las lágrimas.
No podíamos saber ni comprender "los pequeños" que, por aquellos días se desarrollaba en Asturias la tristemente célebre "revolución de Octubre" en la que comunistas y socialistas asesinaban con todo ensañamiento a decenas de Sacerdotes y religiosos, en un ensaño para la orgía de sangre que dos años después pusieron en práctica en media España.
En plena plaza de un pueblo asturiano "se vendía carne de cura".
De aquellos meses de finales de 1934 conservo el recuerdo de que en el Colegio sacaba muy buenas notas. Era muy corriente que obtuviera el primer puesto de la clase con dos Sobresalientes. Mi padre, a juzgar por sus cartas, se llenaba de gozo cuando veía esas notas, pero se entristecía la semana que las notas flojeaban.
Como la enseñanza por los Religiosos carecía de validez oficial, teníamos que ir diariamente al Instituto "Luís Barahona de Soto" que estaba en la misma Ciudad.
Todas las mañanas, después del desayuno, los Maristas nos
llevaban al Instituto y por la parte, en el Colegio, preparábamos las clases del día siguiente. Ni que decir tiene que donde realmente se aprendía era en el Colegio, por lo que la mayoría de los alumnos del Instituto lo eran también del Colegio de los Maristas."
"La vida en el Colegio era bastante monótona Nos levantábamos
a las seis y media. Venía Don Adolfo por los pasillos de los dormitorios para despertarnos dando palmadas y rezando enalta voz las tres Avemarías.
Rápidamente nos levantábamos y corríamos a los lavabos para coger los rimeros puestos.
Íbamos, a continuación, al salón de estudios donde, en invierno pasábamos bastante frío, ya que sólo había una estufa de carbón de piedra, en la que Don Adolfo colocaba una lata con hojas de eucalipto.
Tras una hora de estudio, teníamos la Santa Misa en la Capilla del
Colegio. El desayuno consistía en una taza de chocolate y otra de café con eche. Mi madre decía, cuando yo se lo contaba, que eso era albarda sobre
albarda.
Rápidamente formábamos fila de a dos y con algunos Profesores nos dirigíamos al Instituto, atravesando la Plaza Nueva y la del Coso, y allí permanecíamos hasta la una.
Vuelta al Colegio, comida con el invariable cocido los dos cursos que
estuvo allí, un pequeño recreo y, a las tres, a clase. Teníamos el recreo a las cinco que duraba media hora y, durante él, D. Adolfo, tras la reja del almacén, nos iba repartiendo la merienda que consistía en una jícara de chocolate y una rosca de riquísimo pan. Cada tableta de chocolate traía una estampa de la guerra de Abisinia y eran de ver las estratagemas y peleas que hacíamos para coincidir con la apertura de cada tableta y llevarnos la
estampa.
Terminado el recreo, volvíamos a la clase en la que permanecíamos hasta las siete. Otra hora de recreo, cena, corta estancia en el patio y subida a los dormitorios donde, arrodillados, rezábamos las tres Avemarías (devoción que toda mi vida he conservado) y a la cama.
Don Adolfo apagaba la luz, permanecía sentado en un sillón -a veces, cuando el frío apretaba se envolvía en una manta- y cuando comprendía que el sueño nos había vencido, se retiraba a su habitáculo a descansar.
Así eran de monótonos los días en "La Cultural Lucentina"..
Yo me iba adaptando a la vida del Colegio y la congoja de los primeros días había desaparecido.
Llegaron las vacaciones de Navidad y las pasé con mis padres y hermanos en Luque. El Procurador nos llevaba en el tren que hacía el trayecto de Punte Genil y Linares y nos iba repartiendo a los alumnos que vivíamos en aquel trayecto.
A medida que se aproximaba el final de las vacaciones, volvía la congoja a mi corazón y lloraba a hurtadillas.
Al regreso al Colegio mis padres me llevaban a la estación. Don Adolfo se asomaba a la ventanilla y yo, con las inevitables lágrimas me despedía de mis padres y me subía al tres. Recuerdo que al arrancar el tren vi a mi madre que me despedía con la mano y, como si me quitaran lo más sagrado de mi vida, lancé un grito desgarrador: ¡Mamá!. Vi que mi madre lloraba.
La vida en estos primeros meses de 1935 seguía en el Colegio tan monótona como siempre. Yo seguía sacando buenas notas, con la consiguiente alegría de mis padres que esperaban impacientes las tardes de los lunes con la ilusión de que el correo les trajera las buenas notas de estudios y de conducta de su hijo Pepito.
No sé qué me pasaría en la cuarta semana de 1935 que saqué los pies del plato. Posiblemente por haber sacado un simple aprobado en francés y en Ciencias, lo cierto es que el domingo estaba escribiendo a mis padres para enviarles las notas.
No me resignaba a salir en el puesto catorce, acostumbrado a ser casi siempre el primero o el segundo, con Sobresalientes, tanto en estudios como en comportamiento. Así es que, lleno de ira, por creer que se había cometido conmigo una injusticia, rompí o arrugué la nota.
Nunca lo hiciera. Dos Martín que nos vigilaba, observó mi acción, me
recogió la nota, la hizo de nuevo y estampó en ella la siguiente apostilla:
"Le he rebajado la nota de comportamiento (me puso Bueno, que era nota
inferior a Sobresaliente y Notable) por habérsela tenido que repetir, por
haberse permitido romper la primera nota que le había dado. Le saluda su
Afmo. M. Robredo"
Aquello debió ser un mazazo para mi padre. Tan grande que el 4 de Abril de
1935 me escribía la siguiente carta -que conservo- y que me llenó de
pesadumbre, abatimiento ¡y lágrimas¡.
Decía así: "Querido Pepito: No sé por dónde empezar a reprenderte, si por
las malas notas que tuviste la semana pasada o por la osadía y desvergüenza
que demostraste al romperlas; para mí esto último es peor que lo primero.
Seguramente no comprendas el daño que nos causas y el que tú mismo te
haces con esa conducta que observas. Cuando eras bueno y estudiabas te daban
Sobresalientes y ahora eres malo y no estudias lo bastante, ¿cómo te los van
a dar?
En fin, tu conducta quiere decir que no quieres venir de vacaciones y,
para darte gusto, te quedarás en Lucena esta Semana Santa y mientras el Sr.
Director no me diga que has cambiado de conducta y que estudias más, te
quedarás en el Colegio para aprovechar el tiempo que ahora pierdes. En vez
de hacerte querer para que aprendas más y te den alguna matrícula haces lo
contrario y eso no es lo que me prometiste el día que te fuiste.
¿Quieres parecerte a Ferreira? (era el último de la clase) Ya habrá otros
niños estudiosos a quienes puedes imitar.
Que seas mejor que eres es lo que desea tu padre que te quiere".
Razón tenía mi padre que soñaba con las matrículas de honor y que yo no le
pude ofrecer. ¡Cuánto hubiera disfrutado, de haber vivido, viendo que su
hijo Pepito sacaba Matrícula de Honor en todas las asignaturas los años
1940, 1941 y 1942.
Y también tenía razón al proponerme como ejemplo "otros niños estudiosos",
porque en mi misma clase estaban Rafael Beato y Valeriano Moreno que conmigo
disputaban los primeros puestos.
En la misma carta mi pobre madre escribía: "Querido hijo: Ya ves el
disgusto que nos ha proporcionado tu carta con el atrevimiento que tuviste
de romper la nota. ¡Y para eso corremos para ir en busca de tu carta y nos
mandas disgustos! Procura esta semana ser bueno. Besos de tus hermanos y
recibe un abrazo de tu madre. Araceli"
Aquella carta me hundió totalmente. Ya me veía soso en el Colegio y sin
poder ver a mis padres y hermanos durante tres meses.
Sin embargo, me debí sobreponer porque el día nueve de Abril mi padre me
escribía: "Nuestro querido hijo: Con gran alegría y contento recibimos tu
carta de ayer y en vista de las buenas notas que mandas, puedes venirte a
pasar con nosotros las vacaciones, si es que sigues siendo buena y el Sr.
Director te da permiso. Te esperaremos el viernes en la estación".
Es de suponer el gozo que aquella carta me produjo y como consecuencia
debía pasar unos estupendos días de vacaciones de Semana Santa.
En Enero o Febrero de 1935 mi padre fue a verme al Colegio. Por entonces
tenía yo las manos llenas de sabañones y le debí causar una penosa impresión
porque algunos sabañones me sangraban. Se debió quedar tan impresionado al
verme que se quedó un par de días conmigo y nos quedamos a dormir en el
Hotel.
Pidió al Director que, como remedio casero que por entonces se usaba, me
pusieran un recipiente con agua muy caliente, para facilitar la circulación
de la sangre de mis manos y durante muchos días iba a la cocina por las
mañanas y durante un buen rato sumergía las manos en agua caliente.
También recuerdo que en aquellos dos días fui liberado de las clases y mi
padre me llevó al cine. Era la primera vez que yo veía el cine sonoro.
Al terminar el curso saqué en el Instituto la nota de Notable.
VERANO DE 1935.-
Poco recuerdo de aquel verano. Lo pasé con mis hermanos Antonio y Lucía en el cortijo de La Jara. Allí mi tía Eloisa y el guarda Roque (que el año siguiente sería su consumado asesino de "señoritos", por lo que al terminar la guerra fue fusilado) se hicieron cargo de nosotros. Allí estaban también dos de mis primos.
A mis cortos años lo debí pasar bien, correteando por aquellos encinares, yendo de paseo al Santuario de la Virgen de Luna y cortijos próximos, a la Venta por agua y a coger nidos.
Pero mis pensamientos estaban en Luque y en mis padres. A mi hermano le pasaba igual y frecuentemente nos consolábamos recordando cosas de Luque y pensando en lo linda que estaría Amparito que entonces tendría poco más de un año."
"La vida en el Colegio era bastante monótona Nos levantábamos
a las seis y media. Venía Don Adolfo por los pasillos de los dormitorios
para despertarnos dando palmadas y rezando enalta voz las tres Avemarías.
Rápidamente nos levantábamos y corríamos a los lavabos para coger los
primeros puestos.
Íbamos, a continuación, al salón de estudios donde, en invierno pasábamos
bastante frío, ya que sólo había una estufa de carbón de piedra, en la que
Don Adolfo colocaba una lata con hojas de eucalipto.
Tras una hora de estudio, teníamos la Santa Misa en la Capilla del
Colegio. El desayuno consistía en una taza de chocolate y otra de café con
leche. Mi madre decía, cuando yo se lo contaba, que eso era albarda sobre
albarda.
Rápidamente formábamos fila de a dos y con algunos Profesores nos
dirigíamos al Instituto, atravesando la Plaza Nueva y la del Coso, y allí
permanecíamos hasta la una.
Vuelta al Colegio, comida con el invariable cocido los dos cursos que
estuvo allí, un pequeño recreo y, a las tres, a clase. Teníamos el recreo a
las cinco que duraba media hora y, durante él, D. Adolfo, tras la reja del
almacén, nos iba repartiendo la merienda que consistía en una jícara de
chocolate y una rosca de riquísimo pan. Cada tableta de chocolate traía una
estampa de la guerra de Abisinia y eran de ver las estratagemas y peleas que
hacíamos para coincidir con la apertura de cada tableta y llevarnos la
estampa.
Terminado el recreo, volvíamos a la clase en la que permanecíamos hasta
las siete. Otra hora de recreo, cena, corta estancia en el patio y subida a
los dormitorios donde, arrodillados, rezábamos las tres Avemarías (devoción
que toda mi vida he conservado) y a la cama.
Don Adolfo apagaba la luz, permanecía sentado en un sillón -a veces,
cuando el frío apretaba se envolvía en una manta- y cuando comprendía que el
sueño nos había vencido, se retiraba a su habitáculo a descansar.
Así eran de monótonos los días en "La Cultural Lucentina"..
Yo me iba adaptando a la vida del Colegio y la congoja de los primeros
días había desaparecido.
Llegaron las vacaciones de Navidad y las pasé con mis padres y hermanos en
Luque. El Procurador nos llevaba en el tren que hacía el trayecto de Punte
Genil y Linares y nos iba repartiendo a los alumnos que vivíamos en aquel
trayecto.
A medida que se aproximaba el final de las vacaciones, volvía la congoja
a mi corazón y lloraba a hurtadillas.
Al regreso al Colegio mis padres me llevaban a la estación. Don Adolfo se
asomaba a la ventanilla y yo, con las inevitables lágrimas me despedía de
mis padres y me subía al tres. Recuerdo que al arrancar el tren vi a mi
madre que me despedía con la mano y, como si me quitaran lo más sagrado de
mi vida, lancé un grito desgarrador: ¡Mamá!. Vi que mi madre lloraba.
La vida en estos primeros meses de 1935 seguía en el Colegio tan monótona
como siempre. Yo seguía sacando buenas notas, con la consiguiente alegría de
mis padres que esperaban impacientes las tardes de los lunes con la ilusión
de que el correo les trajera las buenas notas de estudios y de conducta de
su hijo Pepito.
No sé qué me pasaría en la cuarta semana de 1935 que saqué los pies del
plato. Posiblemente por haber sacado un simple aprobado en francés y en
Ciencias, lo cierto es que el domingo estaba escribiendo a mis padres para
enviarles las notas.
No me resignaba a salir en el puesto catorce, acostumbrado a ser casi
siempre el primero o el segundo, con Sobresalientes, tanto en estudios como
en comportamiento. Así es que, lleno de ira, por creer que se había cometido
conmigo una injusticia, rompí o arrugué la nota.
Nunca lo hiciera. Dos Martín que nos vigilaba, observó mi acción, me
recogió la nota, la hizo de nuevo y estampó en ella la siguiente apostilla:
"Le he rebajado la nota de comportamiento (me puso Bueno, que era nota
inferior a Sobresaliente y Notable) por habérsela tenido que repetir, por
haberse permitido romper la primera nota que le había dado. Le saluda su
Afmo. M. Robredo"
Aquello debió ser un mazazo para mi padre. Tan grande que el 4 de Abril de
1935 me escribía la siguiente carta -que conservo- y que me llenó de
pesadumbre, abatimiento ¡y lágrimas¡.
Decía así: "Querido Pepito: No sé por dónde empezar a reprenderte, si por
las malas notas que tuviste la semana pasada o por la osadía y desvergüenza
que demostraste al romperlas; para mí esto último es peor que lo primero.
Seguramente no comprendas el daño que nos causas y el que tú mismo te
haces con esa conducta que observas. Cuando eras bueno y estudiabas te daban
Sobresalientes y ahora eres malo y no estudias lo bastante, ¿cómo te los van
a dar?
En fin, tu conducta quiere decir que no quieres venir de vacaciones y,
para darte gusto, te quedarás en Lucena esta Semana Santa y mientras el Sr.
Director no me diga que has cambiado de conducta y que estudias más, te
quedarás en el Colegio para aprovechar el tiempo que ahora pierdes. En vez
de hacerte querer para que aprendas más y te den alguna matrícula haces lo
contrario y eso no es lo que me prometiste el día que te fuiste.
¿Quieres parecerte a Ferreira? (era el último de la clase) Ya habrá otros
niños estudiosos a quienes puedes imitar.
Que seas mejor que eres es lo que desea tu padre que te quiere".
Razón tenía mi padre que soñaba con las matrículas de honor y que yo no le
pude ofrecer. ¡Cuánto hubiera disfrutado, de haber vivido, viendo que su
hijo Pepito sacaba Matrícula de Honor en todas las asignaturas los años
1940, 1941 y 1942.
Y también tenía razón al proponerme como ejemplo "otros niños estudiosos",
porque en mi misma clase estaban Rafael Beato y Valeriano Moreno que conmigo
disputaban los primeros puestos.
En la misma carta mi pobre madre escribía: "Querido hijo: Ya ves el
disgusto que nos ha proporcionado tu carta con el atrevimiento que tuviste
de romper la nota. ¡Y para eso corremos para ir en busca de tu carta y nos
mandas disgustos! Procura esta semana ser bueno. Besos de tus hermanos y
recibe un abrazo de tu madre. Araceli"
Aquella carta me hundió totalmente. Ya me veía soso en el Colegio y sin
poder ver a mis padres y hermanos durante tres meses.
Sin embargo, me debí sobreponer porque el día nueve de Abril mi padre me
escribía: "Nuestro querido hijo: Con gran alegría y contento recibimos tu
carta de ayer y en vista de las buenas notas que mandas, puedes venirte a
pasar con nosotros las vacaciones, si es que sigues siendo buena y el Sr.
Director te da permiso. Te esperaremos el viernes en la estación".
Es de suponer el gozo que aquella carta me produjo y como consecuencia
debía pasar unos estupendos días de vacaciones de Semana Santa.
En Enero o Febrero de 1935 mi padre fue a verme al Colegio. Por entonces
tenía yo las manos llenas de sabañones y le debí causar una penosa impresión
porque algunos sabañones me sangraban. Se debió quedar tan impresionado al
verme que se quedó un par de días conmigo y nos quedamos a dormir en el
Hotel.
Pidió al Director que, como remedio casero que por entonces se usaba, me
pusieran un recipiente con agua muy caliente, para facilitar la circulación
de la sangre de mis manos y durante muchos días iba a la cocina por las
mañanas y durante un buen rato sumergía las manos en agua caliente.
También recuerdo que en aquellos dos días fui liberado de las clases y mi
padre me llevó al cine. Era la primera vez que yo veía el cine sonoro.
Al terminar el curso saqué en el Instituto la nota de Notable.
VERANO DE 1935.-
Poco recuerdo de aquel verano. Lo pasé con mis hermanos Antonio y Lucía en
el cortijo de La Jara. Allí mi tía Eloisa y el guarda Roque (que el año
siguiente sería su consumado asesino de "señoritos", por lo que al terminar
la guerra fue fusilado) se hicieron cargo de nosotros. Allí estaban también
dos de mis primos.
A mis cortos años lo debí pasar bien, correteando por aquellos encinares,
yendo de paseo al Santuario de la Virgen de Luna y cortijos próximos, a la
Venta por agua y a coger nidos.
Pero mis pensamientos estaban en Luque y en mis padres. A mi hermano le
pasaba igual y frecuentemente nos consolábamos recordando cosas de Luque y
pensando en lo linda que estaría Amparito que entonces tendría poco más de
un año."
"Un día que se encontraba el guarda ausente, estábamos
jugando al balón en la puerta del cortijo. Vi, de pronto, venir un grupo de
"gitanas". Di la voz de alarma y salimos despavoridos encerrándonos en la
casa. Tal era el miedo que infundían.
Al momento llegaron las "gitanas" y llamaron a la
puerta. La tía Eloisa, sorda como una tapia, se puso a rezar aconsejándonos
silencio.
Las "gitanas" empezaron a gritar: ¡Eloisa, Eloisa! Le
dijimos a mi tía que gritaban su nombre y se asomó a una ventana del piso
alto.
Se deshizo el error. No eran gitanas las que llamaban
sino las pastoras y guardesas de un cortijo cercano que venían a visitar a
mi tía. El susto que nos dieron era para no olvidarlo, sobre todo porque nos
encontrábamos solos.
Otro susto no menor nos llevamos otro día en que fuimos
con el guarda al Santuario de la Virgen de Luna. El guarda se entretuvo con
el santero más de la cuenta y emprendimos el regreso ya anochecido.
Mi tía, que se había quedado sola con Lucía, viendo
nuestra tardanza se alarmó y salió a buscarnos por los alrededores del
cortijo.
Yo la oía gritar: ¡Ay mi niña! ¡Ay mi niña! Y
naturalmente me puse en lo peor. Creí que los gitanos se habían llevado a mi
hermana. Al parecer no gritaba ¡ay mi niña! Sino ¡ay mis niños!
Cuando nos acercamos a los gritos y al fin pude ver que mi
hermana Lucía iba de la mano de mi tía, el corazón se me ensanchó.
Mi tía Eloisa le echó una reprimenda al guarda y al día
siguiente lo mandó al pueblo. Nos quedamos solos con el consiguiente pánico,
porque en aquellos tiempos y en el campo era una temeridad. No recuerdo a
quién nos mandaría mi tío para protegernos.
Muy vagamente recuerdo nuestro regreso a Luque que debió
ser a finales de septiembre. Me llenó de alegría ver a mis padres y sobre
todo a Amparito que estaba lindísima.
OCTUBRE, NOVIEMBRE YDICIEMBRE DE 1935
La vuelta al Colegio este nuevo curso no me produjo el
doloroso impacto del anterior, aunque supongo que, al despedirme de mis
padres, en la estación debí derramar alguna lágrima.
Al contrario, este año era yo quien tenía que consolar a
Vicente, mi amigo y vecino de Luque que estaba tan triste como yo el año
anterior. Tenía su cama junto a la mía y de noche, tapada la cabeza, le oía
llorar. Hacía lo mismo que yo había hecho un año antes.
Seguía sacando buenas notas y en continua disputa por el
primer puesto con Rafael Beato y Valeriano Moreno.
Mi madre me decía en una de sus cartas que "hiciera los
Siete Domingos a San José, como ya sabes es costumbre de siempre a ver si el
Santo bendito te ayuda en tus estudios y puedes sacar siempre
sobresaliente".
Poco debió ayudarme el Santo Bendito porque en noviembre
volvía a meter de nuevo la pata.
El día 17 de noviembre le escribía a mis padres: "Esta
semana he tenido una nota pésima porque no he estudiado casi nada". Mi padre
no toleró tanta franqueza e ingenuidad y me echó otro jarro de agua fría con
su carta del día 22.
Me decía: "Mi querido hijo: No puedes figurarte la
sorpresa que nos causó tu carta y la mala nota que has tenido esta semana y
mucho más cuando tú mismo dices que era pésima porque no habías estudiado
casi nada. No sé lo que habrás tenido que hacer para no estudiar porque para
eso te mandé al Colegio, no para que jugaras y te divirtieras. Si yo hubiera
sabido lo que ibas a hacer, otra cosa hubiera hecho yo.
Las vacaciones de Pascua están cerca y, como yo no quiero
en mi casa niños desaplicados, te quedarás tu solo en el Colegio por torpe,
malo y desaplicado y ya veremos si con ese castigo te enmiendas y, si no, ya
verá yo lo que hago contigo, so tunantón.
Con los paseos al Instituto y las horas de recreo me
parece que es bastante tiempo para descansar y lo demás del día bien puedes
preparar las lecciones y que te pongan buenas notas y no eso que has
mandado.
Me parece que este año el Cuadro de Honor se ha
evaporado, pero ten cuidado que eso no ocurra porque lo pasarás muy mal.
Enséñale esta carta al Sr. Director (las leía todas) y
dile de mi parte que te castigue fuerte y con frecuencia para ver si
consigue tu enmienda. Que seas muy aplicado para que te mande muchos besos y
abrazos de tu padre que, aunque eres malo, te quiere mucho. Pepe"
Siguiendo la orden de mi padre, fui llorando y con la
carta en la mano al Director. Don Pablo, el Director, era un viejecito muy
simpático que, Aunque ya sabía el motivo de mi llanto, se enterneció al
verme, me consoló y me dijo que apretara en los estudios aquella semana para
que mi padre me levantara el castigo.
Recuerdo que en los recreos de aquella semana se hacía el
encontradizo conmigo, me daba unas palmadas en los hombros y me decía:
¡adelante, Jurado!
No debieron contentar a mi padre los dos Notables que
obtuve aquella semana pues me decía en carta del 29: "Estudia mucho para que
siempre salgas sobresaliente, pues esa es la alegría más grande que puedes
darnos. Si no sacas buenas notas te quedarás solo en el Colegio"
Al dorso escribía mi hermano Antonio unas letras, sin
duda redactadas por mi padre: "Mi querido hermano: Esta semana estamos más
contentos porque nos mandaste dos Notables y, aunque esa nota no es la que
nos gusta a nosotros, por esta semana nos conformaremos hasta ver si en la
próxima nos mandas dos Sobresalientes, para que estemos contentos del todo y
además para que papá te deje venir este Nochebuena, porque si no sacas
Cuadro de Honor, no quiere que vengas a pasar las vacaciones con nosotros y
no tendremos el gusto de verte y abrazarte que son siempre los deseos de tu
hermano. Antonio"
Por aquellos días tenía las manos nuevamente llenas de
sabañones y bien por las notas que mandé o bien por la impresión que habían
causado a mis padres mis manos ensangrentadas el invierno anterior, es lo
cierto que me levantó el castigo -que estoy seguro me hubiera levantado de
todos modos- y en carta del 17 de diciembre les escribía: "Llegaré a esa, si
Dios quiere, el jueves por la tarde. Bajar con el coche a la estación para
esperarme".
No todo era estudio y seriedad en el Colegio. Recuerdo
las luchas que echábamos en los dormitorios, con las almohadas, los
domingos. Nos levantábamos ese día una hora más tarde y, acostumbrados a
madrugar y aprovechando la ausencia de Don Adolfo, peleábamos los de un
dormitorio con los de otro. Cuando oíamos que se acercaba el Procurador,
corríamos a las camas a fingir que dormíamos. Pero, aparte de que el suelo
con restos de lana nos delataba, la falta de alumnos a quienes no había dado
tiempo de llegar a sus camas, nos ponía al descubierto.
Una vez no me dio tiempo a llegar a mi cama y me escondía
con tres o cuatro compañeros más en una ducha. El castigo -quedarnos sin
cine- fue irremediable."

Escribe un comentario
Los comentarios están cerrados