El Cigarro puro

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Observaba el Sr. Juez que del cajón de la mesa de su despacho le desaparecían los puros que guardaba y que solía fumar pausadamente en el Casino del pueblo, entre sorbo y sorbo de café.

Pensando, y con cierta lógica, que algún funcionario era el autor de la sustracción, decidió cambiar la cerradura, sin conseguir evitar que los puros siguieran desapareciendo.

Puso candado, colocó trampas, dejó una nota que decía ¡Te conozco, no seas ladrón! Y el autor de las sustracciones no escarmentaba. La provisión de habanos disminuía.

Cierto día fue a la Capital y, al pasar por un establecimiento de artículos de broma, compró media docena de puros con artefacto explosivo incorporado. Les colocó la vitola de los auténticos, los mezcló y, a esperar. ¡Ya sonaría!

Estaba una tarde el Sr. Juez, como de costumbre, tomando su café y jugando su partidita de dominó cuando, al darle una chupada a su puro, le explotó en pleno rostro, entre el regocijo de los clientes. ¡ Se había equivocado de puro!

Mientras confuso y avergonzado, se limpiaba el rostro y el chaleco, observó que el Secretario, que estaba en una mesa próxima, trataba apresuradamente, de apagar su puro en el cenicero, con tan mala fortuna que, en ese preciso momento, el puro explotó.

Nueva carcajada y mirada severa del Juez al Secretario que estaba avergonzado. Todos creyeron que algún justiciable había querido, mediante una broma, vengarse del Juzgado por alguna resolución adversa.

A la mañana siguiente el Sr. Juez con cara de pocos amigos (por no decir con cara de juez) dijo al Sr. Secretario:

- Por lo que Vd. más quiera, dígame cómo hacía para abrir el cajón.

El Secretario, sin decir palabra, se dirigió a la mesa del Juez y, sin esfuerzo alguno, levantó limpiamente la tapa.

¡No estaba sujeta a las patas.!