"Un día llegó un camión de naranjas a la Plaza. Ni corto
ni perezoso, corté unos cartones ¡y se puso a fabricar la fábrica de la
moneda! Aquella tarde nos dimos mi familia y mis amigos un buen atracón de
naranjas. No sé qué haría el dueño del camión con los cartones.
Como aquella inflación de dinero no era muy ortodoxa
financieramente, pues la "fábrica" no dejaba de funcionar y los vales no
tenían cobertura metálica alguna, ni mi palabra ni la de Aurora merecían
crédito, dejó de funcionar la compraventa -salvo en la panadería- y su lugar
lo ocupó el trueque: mercancía a cambio de mercancía.
En la peluquería, que estaba "colectivizada", no se
admitían ni los vales del Comité. Un corte de pelo valía un celemín de
bellotas.
Cierto día fui a Pozoblanco con unos amigos, precisamente
a cortarme el pelo. El procedimiento para viajar era facilísimo: salíamos al
Control (un cruce de carreteras que había a la salida del pueblo) hacíamos
parar a algún camión de milicianos ¡y a Pozoblanco!
Estando en Pozoblanco, en la peluquería sonó la alarma.
Un avión volaba sobre el pueblo hostilizado por los cañones antiaéreos que
dibujaban pequeñas nubecitas a su alrededor. Nos fuimos corriendo a un
refugio próximo, pero pocos se atrevían a entrar en él, ante el recuerdo de
un bombardeo en el que, unos días antes, varios alumnos de los Salesianos
habían muerto, precisamente en el refugio del Colegio.
Se alejó el avión sin arrojar ninguna bomba y decidimos
regresar a Dos Torres. Nos fuimos al control para hacer el camino de vuelta
a casa y esperamos inútilmente que algún camión se decidiera a subirnos. Se
hacía de noche y no había otra solución que emprender el regreso a pié,
aunque la distancia a Dos Torres era de diez kilómetros.
Así hicimos y cuando llevábamos recorridos unos cuatro
kilómetros, en una pequeña cuesta nos alcanzó un camión cuyo conductor no se quiso detener y aprovechando la poca velocidad del vehículo en la cuesta,
tratamos de subir por detrás. Yo no lo conseguí y me quedé solo a seis
kilómetros del pueblo y en noche ya cerrada.
Pasé por el control de Añora donde un miliciano me
preguntó que a dónde iba. Le conté mi odisea y quiso ayudarme tratando de
parar a varios camiones que pasaron y no le hicieron caso.
Seguí solo mi marcha y después de las diez llegué a mi
casa. Creí que mi madre estaría asustada e impaciente por mi tardanza, pero
no era así. Mi prima Bibiana había dado a luz y de casa habían alejado a la
chiquillería, por lo que mi falta no se notó.
Seguíamos yéndola campo Antonio y yo para incrementar con
lo que recogíamos, la ración alimenticia, que se basaba casi exclusivamente
en lentejas y éstas bien escasas.
Para como, no había pan todos los días. Algunas veces,
con la harina que mandaban del extranjero, comíamos un pan blanquísimo que decían estaba hecho con harina de arroz.
Por el mes de septiembre de 1938 hubo una redada de
"mujeres fascistas", no sé por qué motivo, pues se trataba de mujeres
pacíficas, alguna de ellas viuda de los desgraciados que los rojos habían
asesinado. Entre las detenidas estaba Doña Ascensión, Maestra Nacional y muy amiga nuestra, que pasó unos meses presa en un convento de Ciudad Real.
Aquel mes de octubre debí frecuentar con mi amigo Pepe
Vioque mis correrías por los encinares para coger bellotas. Un día de mucha
niebla íbamos en sendas caballerías y él me precedía. Tan espesa era la
niebla que teníamos que comunicarnos a veces. Sin apercibirnos nos salimos
del camino y nos perdimos. De todos modos nos pusimos a coger bellotas y
cuando ya teníamos cada una cerca de medio costal, apareció entre la niebla
un guarda que nos obligó a vaciar los costales y nos dijo que nos
marcháramos.
No sé qué sentimiento de compasión sintió de pronto que,
al fin, nos dejó que recogiéramos de nuevo las bellotas y nos marcháramos.
Además nos indicó el camino de retorno, pues habíamos ido a parar al término
de Pedroche.
Aquel día seguramente comeríamos en mi casa tortilla de
bellotas con harina
Llegó la hora de la vendimia y había que recoger la
cosecha de la única viña que había en el pueblo, de gran extensión, que
había sido requisada, o mejor, incautada a un faccioso y estaba
"colectivizada".
Naturalmente la vendimia había de ser "colectiva" y a tal
efecto se ofreció para la tarea un grupo numerosísimo de hombres, mujeres y
niños. Allí iba yo entre ellos. La faena apenas duró media jornada. En mi
vida he comido más uvas. Sólo se recogieron quince o veinte canastas. El
resto iba en nuestros estómagos.
El once de noviembre de 1938 fui con Paulina al olivar
del Chorrillo, de muy pequeña extensión y que no se cultivaba, por lo que
apenas había aceitunas. Era propiedad de mi padre, compartida con una de mis tías, pero de uso y disfrute común, porque en aquellos días todo era de
todos.
Cuando íbamos por mitad del camino, sentimos un avión,
nos bajamos de la caballería y vimos que el avión se lanzaba en picado a lo
lejos y lanzaba unas ráfagas de ametralladora.
Al volver a casa supimos la desgracia. Mi primo Marcos,
marido de mi prima Bibiana, en cuya casa vivíamos, había sido movilizado a
sus cuarenta y cinco años y tenía que presentarse diariamente en Pozoblanco.
El viajo lo hacía en la forma acostumbrada, en decir, parando un camión en
el control.
Aquél día cuatro o cinco movilizados como él se subieron
en los estribos de un camión de la CAMPSA. Cerca ya de Pozoblanco, el piloto
del avión consideró que aquel era un buen objetivo y lo ametralló. A mi
primo no le dio tiempo de guarecerse en una alcantarilla próxima y recibió
dos balazos en el pecho. Aquella misma noche murió en el Hospital.
A mediados de diciembre se debía preparar un ataque de
los rojos por la parte de Peñarroya porque los días anteriores habían pasado
muchos camiones con tropa en aquella dirección.
Aquellas mañanas, a primera hora, apenas salido el sol,
sobrevolaban el pueblo en igual dirección, varias escuadrillas de aviones
que regresaban a la media hora, seguramente después de dejar caer su
mortífera carga sobre las trincheras "fascistas".
Uno de estos días, para ver mejor a los aviones, nos
subimos mi hermano Eloy y yo a un rimero de leña que había en el patio. Mi
hermano resbaló y en la caída se fracturó el brazo. Solo Dios saber los
apuros que pasó mi madre para llevarlo a Villanueva de Córdoba donde había
un Hospital, teniendo que hacer el viaje, en parte, a pié hasta que un
vecino de Dos Torres, conocido nuestro, detuvo el coche y tuvo la gentileza
de llevarla hasta Villanueva.
Con el invierno, aparte la necesidad de salir al campo
para recoger hierbas comestibles, teníamos que salir mi hermano Antonio y yo
para recoger leña.
Las vísperas de Navidad habíamos salido a tal fin y nos
encontrábamos en una finca, junto a la carretera de El Viso. Próximo a
nosotros había un destacamento de soldados que debían ser de Sanidad porque allí se veían, bajo las encinas, bastantes ambulancias.
Pues bien, estando recogiendo leña, se presentaron nueve
trimotores en grupos de tres, que empezaron a descargar bombas sobre El
Viso. Una de las primeras cayó sobre un depósito de gasolina y se levantó
una espesísima columna de humo.
Los soldados de Sanidad salieron despavoridos de un
cortijo, en el que estaba el destacamento, y corrieron a esconderse lo más
lejos posible bajo las encinas.
Bajo una de ellas, mi hermano y yo junto a unos soldados,
presenciamos llenos de pánico, como caían las bombas sobre el pueblo del
que estábamos a unos tres kilómetros. Duró el bombardeo cerca de un cuarto
de hora. Los aviones arrojaban las bombas, de tres en tres, pasando justo
por encima de nosotros cada vez que daban la vuelta y esperábamos que en
cualquier momento nos dejaran caer alguna o se acercaran a Dos Torres y
repitieran lo de El Viso.
Cuando se fueron los aviones, las ambulancias salieron a
toda velocidad hacia el lugar del bombardeo para auxiliar a los posibles
heridos y mi hermano y yo regresamos, con no menos prisa, a Dos Torres,
donde nos esperaban con la natural inquietud pues mi madre sabía que
habíamos salido por la carretera de El Viso.
En nuestro pueblo cundió el pánico. Era la víspera de la
Nochebuena. Por aquellos días era frecuente que la aviación fuera de noche
por Dos Torres y en alguna ocasión, creo que fueron tres veces, lanzó varias
bombas.
Sonaba, como señal de alarma, la única campana que, para
tal efecto, habían dejado en la torre y mi madre, que apenas dormía, se
ponía casi histérica y nos despertaba gritando: ¡Hijos míos, la aviación!
Rezaba en voz alta, pronunciaba un sin fin de jaculatorias y lloraba.
A mi desagradaba que nos despertara, pues no tenía objeto
alguno ya que carecíamos de refugio y era preferible que la muerte nos
sorprendiera durmiendo a llevarnos aquel tremendo susto que nos daba mi
madre.
Alguien, tal vez impresionado por el bombardeo de El
Viso, hizo circular el rumor de que Queipo de Llano había ordenado
bombardear los pueblos de Los Pedroches en aquellas Navidades.
Mi madre se llenó de pánico y dispuso que durante unas
noches nos fuéramos a dormir a casa de mi tía Josefa, que vivía en las
afueras del pueblo y que tenía un patio muy grande. Creía mi madre,
pobrecita, que, cuando sonara la alarma, con salirnos al patio y tumbarnos
en el suelo, el peligro estaba conjurado. A tal efecto nos acostábamos
vestidos. Afortunadamente la Navidad fue tranquila y la campana no sonó.
Una de aquellas noches, llegados para dormir a casa de mi
tía Josefa, tuvimos necesidad de volver a la nuestra para recoger alguna
cosa que habíamos olvidado. Fuimos Paulina y yo y, al pasar por casa de mi
tía Carmela, vimos la puerta abierta, se nos ocurrió entrar y advertimos
que, detrás de la puerta de la primera habitación, había un saco lleno de
pan. ¡Feliz hallazgo! Con toda presteza y sin hacer el menor ruido, hicimos
acopio y nos presentamos a mi madre con diez o doce bollos que hicieron la
alegría de todos. En plena Nochebuena no venían mal.
Los soldados que se alojaban en casa de mi tía Carmela,
que eran los propietarios del pan, debieron advertir la merma porque en las
noches siguientes, en que Paulina y yo intentamos nuevamente la requisa, el
saco había desaparecido.
Por aquellos días de Navidad llegaron nuevas tropas al
pueblo. Vivía en una casa próxima a la nuestra Antero, a quien la familia
tenía recluido en un desván porque estaba completamente loco. Era de familia
muy rica y tal vez su locura le había librado ser asesinado.
Dio su locura en la manía de cantar la misa, naturalmente
en latín, y lo hacía con voces desaforadas. Los milicianos que por allí
pasaban quedaban sorprendidos y, como Antero, cantaba tan bien, creían que
era un verdadero Cura al que había que darle el "paseo". Al fin se les
decía que se trataba de un verdadero loco.
Entre los soldados que por entonces llegaron al pueblo,
había uno de Luque que nos contó lo que había ocurrido en aquel pueblo
durante los primeros días de la guerra. Era de derechas y se hizo muy amigo
nuestro. Debía estar enchufado porque casi todos los días nos visitaba y
nos llevaba algún chusco. Tenía a mi madre al corriente de la marcha de la
guerra.
Un día de finales de enero llegó a casa eufórico y, con
todo sigilo, dijo a mi madre que las tropas de Franco habían conquistado
Barcelona. Mi madre se puso a llorar, tal vez pensando en la alegría que
aquella noticia le habría producido a mi padre de haber vivido por entonces.
El final de la guerra se veía venir, pero el hambre que
pasábamos nos hacía dudar si llegaríamos a verlo.
En algunas fachadas pintaron los "doce puntos de Negrín"
que se concretaban en resistir a toda costa, pero con las lentejas y la
carne de burro los milicianos iban a resistir poco. Parece que Negrín, en
los últimos días, sólo pedía a Franco salvar el pellejo.
Por fin llegó el día 26 de febrero de 1939. Sin duda
alguna, el día más feliz de mi vida. Ese día las tropas de Franco nos
liberaron. Lo recuerdo como si lo hubiera vivido ayer mismo.
Estaba empezando a amanecer cuando oíamos un lejano
cañoneo hacia el Puerto Calatraveño, a unos quince kilómetros de Dos Torres.
El cañoneo fue intenso y duraría más de una hora.
De vez en cuando pasaba un avión a no mucha altura. A
media mañana no se oía ya ningún cañonazo y me fui con un amigo, Federico, a su huerta.
Llevábamos allí como una hora cuando vimos venir por los
caminos mucha gente que luego comprobamos eran milicianos que huían del
frente que se había derrumbado. Iban abandonando, fusiles y correajes. Uno
de ellos traía un pequeño rebaño de cabras que allí mismo abandonó. Federico
cogió la que mejor le pareció y se la llevó a su casa.
A la hora de comer un avión pasó a muy baja altura y dio
varias vueltas sobre el pueblo. En la torre apareció una bandera blanca.
Aquello era el final. No cabíamos de júbilo.
De una casa próxima a la nuestra empezó a salir humo y se
oían fuertes explosiones. Era la casa en que los rojos tenían la intendencia
y a la que, antes de huir, habían prendido fuego rociándola con gasolina y
desparramando por toda ella varias cajas de bombas de mano. La metralla
salía por las ventanas.
Sobre las cinco de la tarde supe que desde el desván de
la casa de Cristino, lejano pariente nuestro, se veían ya las tropas
nacionales. Efectivamente, en las alturas del Pozo Nuevo, a medio kilómetro,
se veían perfectamente banderas nacionales y muchos soldados.
Una hora después entraban en el pueblo entre el júbilo y
las lágrimas de muchos vecinos que salían a la calle y que durante cerca de
tres años les habíamos estado esperando.
Recuerdo, como si fuera ahora, que, abrazado a un soldado
fui con él hasta la plaza. Debía ir yo llorando porque me dio unas
palmaditas en la cara.
Ahora, cuando escribo estas líneas, Junio de 1997, el
recuerdo de aquel día hace asomar las lágrimas a mis ojos.
Mi madre no hacía mas que darnos besos y llorar porque el
recuerdo de mi padre estaba presente. ¡Cuánto hubiese gozado de haber vivido aquellos momentos!
Todo era júbilo en el pueblo menos, como es natural, para
quienes se habían significado como antifascistas o asesinos. Unos, los más
culpables habían desaparecido del pueblo, huyendo sin rumbo fijo; otros, los
que no tenían las manos manchadas de sangre, andaban ocultos tratando de
pasar desapercibidos.
A los pocos días empezaron a llegar comestibles. Parecía
mentira que hubiera pan en abundancia y que la gente se pudiera hartar de
comer. Aquello nos parecía el Paraíso.
Con las tropas nacionales entró una compañía de requetés
en la que venía de Capellán un Capitán de grandes barbas blancas, que fue
quien dijo la primera misma en la plaza, pues el templo parroquial daba pena
verlo.
Tocaron a misa con la única campana que quedó en la torre
y cuyo sonido tanto pánico provocaba durante las noches. La plaza se llenó
de gente que, al cabo de tres años, volvía a oír misa.
A los pocos días el Capitán-Capellán bautizó a bastantes
niños que no habían recibido las aguas bautismales durante la guerra.
No pudo bautizar, porque habían fallecido, a los mellizos
que tuvo la mujer de Manuel Luengo que había sido, precisamente, del Comité
y que se empeñó en fusilar a mi padre cuando lo de Málaga, lo que, tal vez,
hubiera conseguido de no mediar mi primo Marcos.
Estos mellizos fueron bautizados en una ceremonia laica,
a mediados de 1938. Estuve en la plaza aquella tarde y, ante la tropa
formada, algún capitoste rojo, Oficial o Comisario, pronunció un discurso y
puso a los niños por nombre Triunfo y Libertad. Como ambas cosas eran
incompatibles con la República, ambos niños acabaron sus días antes de los
dos meses.
El Capitán-Capellán, que quedó de guarnición en el
pueblo, se empeñó en restaurar la Iglesia cuanto antes. A estos efectos hizo
trabajar en la obra a los rojos que se habían ocultado y que, temerosos, se
habían presentado a él. Reunió a cuarenta o cincuenta y las obras iban a
buen ritmo.
Una tarde en que me encontraba en la plaza, contemplando
las obras, el Capitán barbudo hizo una señal a uno de los que estaban en el
tejado. El individuo bajó lentamente la escalera y se acercó al Capitán que
habló con él unas palabras. De improviso el Capitán, armado de su fusta
empezó a golpear al prisionero con todas sus fuerzas.
El preso era Manuel Luengo y el motivo que provocó las
iras del Capellán era que Luengo, como ya dije, se había llevado a su casa
el púlpito de la Iglesia para que sirviera de brocal del pozo.
Yo, ante el recuerdo de lo que había hecho sufrir a mi
padre aquel individuo, hubiera cogido la fusta del Capitán para seguir
golpeándolo.
Nosotros estábamos deseando volver a nuestra casa de
Luque, pero en aquellos días el caos era tremendo y viajar una aventura, ya
que no había trenes ni coches. Y, para colmo, mi padre no tenía ni un
céntimo.
Ante tal situación, escribió a Don Gerardo, Notario de
Baena y muy amigo de mi padre pidiéndole que nos mandara un coche para
volver a Luque. Los días pasaban y ni el coche llegaba ni Don Gerardo
contestaba.
Por fin nos enteramos de que circulaba un tren que pasaba
por Pozoblanco y que iba hasta Bélmez, donde probablemente enlazaría con
otro que iba a Córdoba.
Mi madre ideó un, a todas luces, descabellado plan de
viaje pues ignoraba horarios y enlaces de trenes, si los había. El plan era
el siguiente: Un carro nos llevaría hasta Pozoblanco, allí tomaríamos,
cuando llegara, el tren que nos conduciría hasta Bélmez y aquí cogeríamos
algún tren que nos llevaría a Córdoba. Y en Córdoba Dios diría.
Llegado el día de la partida, con la alegría que es de
imaginar, subimos los pequeños al carro con el poco equipaje que llevábamos.
Mis tíos nos acompañaron hasta el Control, a la salida del pueblo.
Se estaban despidiendo de nosotros, cuando se detuvo un
coche cuyo conductor preguntó a mi tío si sabía dónde vivía la señora del
Notario de Luque.
Al oír aquello mi madre empezó a llorar de alegría y
seguro que dijo su sempiterna exclamación: "Hijos míos, ¡Qué Dios más
grande! La carta de Don Gerardo había llegado, aunque tarde, a su destino y
aquel coche venía a recogernos.
Regresamos a Dos Torres, desayunó el coger y en menos de
una hora emprendimos la marcha a Luque. Parecía que empezábamos a vivir.
Aquí debería dar por terminada la narración. Pero no lo
hago para resaltar la fortaleza de espíritu de mi madre y la inmensa fe en
Dios que siempre tuvo. Ella sola, con sus cinco hijos, cuando esperaba
regresar a su hogar y encontrar en él la paz que durante tantos meses no
había tenido, se encontró con una nueva amargura: Nuestra casa había sido
saqueada.
Habían alojado allí a los moros y habían robado cuanto
teníamos. Muebles, joyas, ropas, camas. Todo había desaparecido. Mi madre
debió quedar abrumada.
Sin embargo no se amilanó y con su Virgen del Pilar y su
Corazón de Jesús siguió luchando. Así toda su vida. ¡Cuánto tuvo que luchar
y sufrir para sacarnos a los cinco adelante.
Pero esto ya es otra historia.
Parodiando a mi madre no tengo más remedio que decir:
Dios mío, ¡Qué madre más grande nos diste!
JOSE JURADO SALDAÑA
